Triste renacer

No esperes el regreso de este amor moribundo, que ya deja de ser tuyo mas no deja de ser preso.

Preso de mí, de mi ego, cansado de querer buscar el cielo entre tus labios, de querer buscar versos de pasión donde solamente encuentra tristes epitafios.

No me olvides, no lo hará mi corazón. Olvídame, si no lo has hecho aún. No lo hará la luna llena que nos acogió. Lo hará la luna nueva, cuando el sol ya no ilumine su esfera, hasta que renazca con un nuevo haz de luz.

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Cura para la herida

Es el dolor de tu ausencia el que versa, es el dolor de esta herida abierta el que tensa la pluma a este escriba.

Es mi corazón el que late descompasado cuando recuerda tu piel erizada por mis caricias, es en mi alma desnuda donde emanan gotas de agua salada cuando recuerdo que alguna vez fuiste mía.
Y en parte aun sigues siendo mía, lo eres desde que nuestros labios se conocieron aquella maravillosa noche de noviembre, durante un pobre y puro amor, aun que en ciernes, y lo serás hasta el último verso de esta humilde pleitesía.
Y de nuevo es el dolor de tu ausencia el que versa, es el dulce sabor amargo de esta herida abierta, es mi corazón que cabalga descompasado sobre la pluma de este poeta.

Es en mi alma, seca y desnuda, dondo nacen las últimas gotas de agua salada, mientras la cicuta rasga mi garganta y me despido, al fin por siempre, de ti.

Epitafio

No sé que habrá más allá de la muerte. Me gustaría creer en una vida mejor, donde no haya lugar para el odio, donde al fin podamos descansar de este sufrimiento terrenal, pero no lo sé.

Quizá las estrellas, a lo lejos, sean los ojos de nuestros héroes desvanecidos, quizá solo se apagarán cuando olvidemos que están ahí, que nos miran, y que nos susurran aún estoy contigo.

Quizá permanezcan eternas siempre que recordemos sus enseñanzas en vida y, quizá, y solo quizá, sean cada ves más intensas si al recordarlos, nuestros labios dibujen una sonrisa.

No sé que habrá más allá de la muerte, me gustaría creer en ese paraíso idealizado del descanso eterno, pero de lo que estoy realmente convencido es que solo se habrán marchado cuando su presencia haya abandonado nuestro recuerdo

Mi juego

Mi Juego era para quererle, Mi Juego era para disfrutarlo, Mi Juego era para amarlo hasta perder la partida.
Nadie, y lo repito, nadie, jamás será capaz de darme lo que me dió. Mi Juego era lo más bonito del universo entero, y si hubiera otro universo, también. Mi Juego también me amaba, y yo a él a pesar de no querer jugar siempre que él quería. Fue así como mi juego se dejó querer por otro jugador, por otro mal jugador, que cambió las reglas. 

Mientras tanto yo probé a jugar con otros pero ninguno, repito, ninguno, me hizo disfrutar tanto como Mi Juego.
Yo, a veces, sin juego al que jugar, me acordaba de las veces que jugaba con Mi Juego, de las veces que le rechacé una partida y ahora quería jugar con el para siempre, pero él jugaba con otro, con otro mal jugador que le cambió sus reglas.
Un día, decidió no querer jugar más con ese tramposo, y quiso volver a jugar conmigo. Yo también lo quise y empezamos de nuevo la partida.

 Pero el tramposo cambió las reglas del juego, y con esas reglas, yo tenía todas las de perder y así, perdí de nuevo, a Mi Juego, y la partida.
Una vez más, yo, sin juego al que jugar, y, él,  sin nadie que le jugara, se sintió vacío y volvió a llenar su tablero con las fichas del tramposo, las reglas estaban a su favor y ganó varias jugadas, pero Mi Juego se dio cuenta de que como yo, no jugaba nadie, y le mandó directamente a la casilla de la Muerte, dando por perdida la partida.
Yo, volví a jugar con otros juegos, al principio me divertía pero como Mi Juego, no había ninguno, repito, ninguno, ni en este universo ni en otro si lo hubiera.
Así volví a jugar con mi juego, pero yo jugaba con las reglas originales y mi juego, no. De nuevo volví a perder, y Mi Juego buscó alguien que pudiera jugarle y yo busqué nuevos juegos. La historia se repitió, y se repitió, y se repitió… Jugadores más o menos tramposos y nuevos juegos más o menos divertidos, pero siempre acabábamos jugando Mi Juego y yo.
Así fue hasta que mi juego estaba medio roto de tanto jugar, y mi mente funcionaba ya tan espesa que cada partida duraba una eternidad. 

Decidimos jugar una última partida, una partida que duró generaciones y generaciones y no era capaces ni de ganar ni de perder.Después de años y décadas y siglos y milenios decidimos dejar la partida en tablas.

Al final no hubo perdedor, solo años ganados al tiempo jugando a un juego donde todas las casillas estaban destinadas al eterno amor.